La inteligencia artificial generativa se ha incorporado rápidamente a actividades cotidianas. Hoy puede ayudar a ordenar una lista de tareas, resumir un texto extenso, explicar un concepto difícil o proponer una estructura inicial para una carta y otros documentos.
Su principal utilidad está en reducir el tiempo necesario para organizar información. Una persona puede pedirle que compare alternativas, convierta instrucciones técnicas en pasos simples o prepare preguntas para una reunión. En educación, puede servir como apoyo para practicar y aclarar materias, siempre que no reemplace el aprendizaje ni el criterio propio.
Estas herramientas, sin embargo, no entienden la realidad de la misma manera que una persona y pueden entregar datos incorrectos con apariencia convincente. Fechas, cifras, nombres, normas y recomendaciones deben comprobarse en documentos oficiales o fuentes confiables antes de tomar una decisión.
También es importante proteger la privacidad. No se deberían ingresar contraseñas, números de tarjetas, fichas médicas, documentos de identidad, información laboral reservada ni antecedentes personales de terceros. Lo que se escribe en una plataforma digital puede quedar sujeto a sus condiciones de almacenamiento y tratamiento de datos.
En materias de salud, derecho, finanzas o seguridad, la IA puede ayudar a formular preguntas, pero no sustituye a un profesional. Tampoco conviene usarla para identificar personas o difundir imágenes, audios y videos cuya autenticidad no ha sido comprobada.
Mientras el Senado analiza un marco para regular los sistemas de inteligencia artificial en Chile, el mejor resguardo cotidiano sigue siendo utilizar estas herramientas como asistentes y no como autoridades: pedir explicaciones, contrastar las respuestas y mantener siempre la decisión final en manos humanas.